TRAS LA PÉRDIDA DE MI HERMANO

(En la entrada comparto una charla que di en la Asociación valenciana de apoyo en el duelo «Caminar» en la que hablo sobre la pérdida de mi hermano y cómo ésta afectó mi vida)

Como siempre digo, la muerte de mi hermano fue lo peor y lo mejor que me ha pasado en la vida.

Con mi hermanito :-) Diciembre 2009

Con mi hermanito 🙂 Diciembre 2009

A nivel físico y emocional, parece que las personas no venimos preparadas de serie para entender y aceptar la muerte de una persona de apenas 26 años que tenía toda la vida por delante. Sin embargo, en ocasiones venimos preparados con un entendimiento un poco más sutil de este tipo de acontecimientos.

Un año y medio antes de la muerte de mi hermano empecé con la práctica de yoga y, sin saberlo, el gran cambio que daría una vuelta a mi vida. Un año antes de la pérdida de mi hermano (un año y cinco días antes, para ser exactos) me hice vegetariana y empezaba así, también de forma inconsciente, el proceso de purificación física que me ayudaría a entender los grandes cambios que estaban por venir e iniciaban un salto cualitativo en mi Vida.

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La muerte de mi hermano me dio la Vida. Sigue leyendo para evitar escándalos.

Cuando una persona muere, muere también la parte de nosotros, de nuestra historia, que se había identificado con esa persona. Por supuesto, los recuerdos nunca mueren; pero sí sentimos el vacío que antes se veía completo con la historia que compartíamos con ese ser. La muerte de alguien cercano, alguien que de verdad repercutía en nuestras vidas, en ocasiones tiene el poder de hacernos conectar de nuevo con nuestra esencia. Esto puede suceder con cualquier otro tipo de pérdida.

Cuando entendemos que no somos nuestros pensamientos, sino el espacio en el que suceden nuestros pensamientos, nos resulta más fácil ver que ese mismo vacío es nuestra pura esencia. Durante un tiempo, hay un espacio al que no
ponemos etiquetas. Nos olvidamos de fingir ser quienes no somos. El mundo se detiene, ¿qué más dan esos problemas que unos días antes parecían tan graves? Todo es relativo. De repente, no te hace falta nada. De repente, los problemas del día a día no son más que minucias. Recuerdo en una ocasión que una amiga me estaba contando un problema que había tenido y le había generado cierto cabreo. En ese momento, mi mente me decía: ¿En serio? ¿En serio nos dedicamos a cabrearnos por cosas así cuando podríamos marcharnos en menos de dos meses?

Si nos detenemos y observamos ese vacío, esa esencia sin etiquetas, ese espacio interior al que no podemos dar nombre dado el choque de los acontecimientos, nos estamos observando a nosotros mismos. Tu mente se detiene por un instante y, tal vez por primera vez en tu vida, te ves frente a frente con quien tú eres.

Recuerdo la sensación de dolor intenso de aquellos momentos y todavía siento cómo algo me decía que yo no era ese dolor, que mi vida no iba a ser ese dolor y que, sin ninguna duda, no iba a identificarme con ese dolor ni a convertirlo
en quien yo era.

En muchas ocasiones, las grandes tragedias nos ayudan a entender el verdadero sentido de la vida por un motivo muy sencillo: ¿Cuándo tienes más ganas de despertar: cuando sueñas plácidamente o cuando estás teniendo una pesadilla espantosa?

La muerte de mi hermano fue como un trampolín hacia algo más elevado, algo más sutil, hacia mi propia esencia, que es también la de cada uno de nosotros y la de mi hermano, a quien hoy siento más cerca que nunca. La muerte
de mi hermano
me dio la vida porque sentí la magnitud de ese vacío y, con el tiempo, aprendí a entenderlo.

A día de hoy puedo decir que nunca, jamás, ni mucho antes de lo que puede parecer una tragedia, me he sentido tan viva. Me siento YO misma, me siento todos vosotros, me siento la naturaleza que me rodea, me siento cada vez más cerca de todas las personas de mi entorno y de las que nos rodean de forma más sutil. Cada vez vivo más en equilibrio y entiendo lo que es la verdadera felicidad, que va mucho más allá de los límites del mundo exterior.

Por suerte para todos los que leáis esta entrada, no hace falta vivir una tragedia para sentir esa plenitud y esa paz. 🙂 Sin embargo, reflexionar sobre la muerte sí puede ayudarnos a entender adónde van a parar los logros, títulos, bienes y reputación que durante tanto tiempo en nuestras vidas nos obsesionamos por conseguir y preservar. Nos
ayuda a entender la futilidad de lo exterior y, con suerte, vislumbrar con el tiempo qué es lo eterno, omnisciente y omnipresente, dónde reside la clave de la felicidad.

Davinia Lacht

Una vida en equilibrio

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