SERÉ FELIZ CUANDO PASE LA TORMENTA

  • En ocasiones ponemos condiciones a nuestra felicidad y creemos que seremos felices cuando… o seremos felices si…
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Ala delta en Rio de Janeiro 😉

En mi caso, fue una tormenta de verdad la que me hizo luchar contra las circunstancias que vivía en ese momento, la que me hizo vivir a la espera de un cambio que (por suerte) nunca llegó a suceder y por la que justificaba mi insatisfacción. Dejadme que os cuente más sobre mi historia brasileira.

 

Cuando digo que he vivido un tiempo en Brasil, lo primero que la gente imagina son playas, frutas tropicales y verano constante. Bien, las frutas tropicales sí existían; pero también eran tropicales las tormentas. Dado que Curitiba, mi ciudad de residencia en aquel entonces, está rodeada de montañas, las nubes que pasan por allí se atascan, lo que se traduce en lluvias constantes y un clima mucho más nublado de lo que nunca habría imaginado.

Llevaba tiempo soñando con ir a Brasil y vivir un poquito de ese paraíso que a muchos nos evoca solo escuchar su nombre. Llegué allí en pleno verano brasileño y me encontré con que los primeros días llovía a cántaros y que era necesario ponerse chaquetita. En pleno verano. Imaginad el choque.

Quería salir a correr para desfogarme un poco, pero era imposible por la barbaridad de agua que caía. Me agobié, me saturé. Tenía que quedarme encerrada en casa sí o sí porque tampoco era cuestión de hacer turisteo (por suerte, ya había empezado a trabajar online y me entretenía un poco con eso). Luego salía a la calle, conocía a personas y no hacían más que repetirme que cuidado si salía sola, que no caminara por la calle de noche, que cuidado con el bolso, que ojo con ciertas zonas…  Y en esos momentos me pregunté: ¿qué hago aquí?

Fue ahí cuando empezó la lucha interna: no quería estar allí, quería que nos mudáramos a Rio de Janeiro o cualquier otra parte en la que hiciera buen clima, quería experimentar aquello que yo tenía en mente cuando decidí estudiar portugués unos meses antes de que ni siquiera surgiera la opción de ir para allá. Todo era un sí, pero no. Conocí gente adorable, me encanta(ba) el idioma, estaba a gusto en el día a día… pero quería irme de allí.

Y así durante meses. Sin embargo, todo sucede por algún motivo. Dado que disponía de bastante tiempo libre, decidí incluir entre mis tareas diarias varias prácticas como la meditación o incluso ver vídeos para satisfacer mis inquietudes espirituales. Cuanto más aprendía, más me daba cuenta de la lucha interior que me impedía disfrutar plenamente de la vida en Curitiba. Cuando buscaba opciones fuera de la ciudad, lo hacía para huir de lo que tenía y no para perseguir aquello que soñaba. Me centraba en lo que no quería y con el tiempo me di cuenta de que eso no funciona. Quería aceptar esa vida, pero no lograba entender el porqué de todo aquello. Era una aceptación amarga, como si sonríes y estás rabiando por dentro, ¿sabes? Era una aceptación un poco turbia.

Pero, como dicen, la tormenta siempre pasa.

La tormenta pasó y recuerdo que fue un buen día que estaba en la zona de lechugas del Mercadorama (el súper al que íbamos). En ese momento en que hacíamos la compra, llegó un pequeño golpe de luz:

Claro, ¡ahora entiendo por qué estamos aquí! Mi gran lección de Curitiba es la de aceptar las cosas tal y como son, desde el corazón. La lección es aprender a disfrutar de esta lluvia, de aceptarla sin esperar que llegue el sol, de adaptarme a estas circunstancias y sacarles todo el partido posible. De repente, ya me parece bien estar aquí porque, simplemente, es el lugar en el que tenemos que estar ahora mismo.

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RJ

En ese momento, recuerdo que hice una petición muy grande al Universo:

Me da igual si nos quedamos aquí o nos vamos a alguna otra parte. Llévame allá donde más pueda evolucionar como persona.

Lo que me impulsaba a querer ir a RJ o similares eran cuestiones placenteras como poder pasarme el día tirada en la playa. No obstante, al Universo le gustó mucho más la nueva petición. Sin ningún tipo de casualidad, en menos de un mes surgió la oportunidad de irnos temporalmente a Montreal y de continuar con el gran cambio interior; pero eso es otra historia y ya hablaré de ella más adelante 😉

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Lo que extraigo de esta gran experiencia es que no podemos retrasar nuestra felicidad hasta el momento en que cambien las circunstancias exteriores de la manera en que nosotros consideramos conveniente. En mi caso, esperaba a mudarme de ciudad para poder vivir en plenitud y eso me causó una insatisfacción total.

Ahora mismo tenemos la oportunidad de aceptar nuestro entorno y fluir en él, dejarnos llevar, como si de un baile se tratara. Si algo de nuestro entorno no nos convence, podemos actuar para favorecer un cambio, por supuesto. Sin embargo, lo importante es la forma en que lo hacemos. ¿Lo hacemos por huir de lo que tenemos en la actualidad? Eso nunca funciona. ¿Lo hacemos porque hay algo diferente que nos apasiona? ¿Porque tenemos grandes objetivos de ayudar a los demás? ¿De disponer de más tiempo con grandes fines? Eso sí podría funcionar. De todos modos, cabe recordar que tal vez las circunstancias actuales podrían aportarnos algo de lo que no somos conscientes en este momento. La aceptación del momento presente es inexcusable.

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Praia da Joaquina, Florianópolis, SC

 

Por ese mismo motivo, si quieres cambiar algo en tu vida, da los pasos pertinentes; pero ten siempre el corazón abierto y la fe en que ese cambio se producirá siempre y cuando sea lo que más te favorece en este momento. Aspira a algo grande, altruista, generoso y amable y verás con qué facilidad surgen los cambios.

Brasil fue una pieza indispensable para lo que a día de hoy soy, para este blog, para mis objetivos y para la forma en que me relaciono con el mundo. Creedme: por difíciles que parezcan las circunstancias, habrá un momento en que miréis atrás y veais la dicha de haber podido experimentarlas.

Ahora recuerdo la vida brasileira y solo puedo sonreír. Su música, su gente, la melodía del portugués, los zumitos de frutas deliciosas, el agua de coco en cualquier parque o playa, su forma graciosa de adaptar las palabras del inglés… Y cómo no, haber celebrado el amor allí 🙂 Pero sobre todo me quedo con las lecciones que me acompañan para toda la vida. Ay qué ganas me están entrando de volver 😉

Con mucho amor,

Davinia Lacht

Una vida en equilibrio

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