Un amor tan perfecto

Iglesia de la reconciliación de Taizé hay una imagen de la Virgen en la que tiene en brazos al niño Jesús.

La paz es cada día más profunda, más estable, más serena… No obstante, sigue habiendo días en que un velo cubre quien soy y vuelvo a ser una adulta niña. Una niña porque mi yo más pequeño, más inconsciente, lucha contra lo que es. En esos días siento que el amor de esa madre de todos, madre del Universo, me abraza. Es un amor que consuela, que me recuerda mi vulnerabilidad como persona, pero que a su vez es tan perfecto, tan sencillo, tan sutil como el de una madre: el aspecto de madre latente en toda mujer.

Solo la delicadeza de ese amor intrínseco a toda mujer es capaz de dar sin esperar y entender que, a veces, no hace falta más que estar presente: una mirada, un abrazo, y ser… Ser uno, volverse uno con los demás como todos lo fuimos con nuestras madres antes de venir a este mundo.

Ese entendimiento es el que permite a la mujer estar ahí, a la escucha, discreta para actuar con la dulzura de quien permite que las cosas sucedan sin forzarlas. Es la confianza de que todo llegará a su debido momento y de que ese amor estará abrazándonos salgan como salgan las cosas.

Esa imagen de la Virgen María parece estar en un segundo plano de la misma manera que podría haberlo estado la propia María, siendo aun así su sencillez, su ausente necesidad de protagonismo y su fe incondicional las que la convirtieron en la madre de todos. Es esa misma esencia la que abarca a todas las mujeres: seres creativos con la capacidad de escuchar más que palabras y ver más que gestos superficiales. Seres con una profundidad que habla de alma a alma y que ve más que personas.

Ese icono de la Virgen María me devuelve la paz y me recuerda que esa paz siempre ha estado ahí. Me devuelve al amor eterno y compasivo. Me permite volver a casa, desprenderme de lo que no soy para ver solo lo que soy, lo que somos: puro amor en esencia, dicha, compasión, humildad, ternura, dulzura… Un amor tan pefecto.

Davinia

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