Vivir sin límites


Era de noche. Estaba en plena adolescencia.

Recuerdo descansar en la cama de la que era mi habitación en aquel entonces, sobre la mesita de noche una lámpara con pie helicoidal azul de madera. La luz de la lámpara reflejaba sobre la pared, claramente delimitada por la campana de la lámpara. Miraba las líneas pronunciadas. De alguna manera, me chocaba que la luz de esa bombilla se viera tan restringida por la campana que la cubría.

Sin darme cuenta, toda esa escena se convirtió en un paralelismo con la propia vida. En ese momento me pregunté: ¿y qué hay más allá de esas líneas impuestas por lo establecido, por la campana de la lámpara? ¿Qué hay más allá de lo conocido? ¿Qué hay más allá de aquello en lo que nos sentimos cómodos por estar iluminado por la luz de nuestro entorno¿Y qué pasaría si me atreviera a salir de esas demarcaciones? ¿Y si me atreviera a desprenderme de aquello que impide que la luz brille sin límites? ¿Qué sería capaz de ver si diera un paso afuera de esos confines, si me atreviera a ir más allá de esa pequeña luz?

Esa misma noche escribí reflexiones que nacían de mi interior. Era la primera vez que lo hacía; y, de hecho, fue la última hasta unos doce años más tarde.

Pasado un tiempo, redescubrí el texto escrito aquella noche. Cuando volví a leerlo se me erizó el vello de los brazos y, por un instante, me sentí completamente desnuda. Me sentí vulnerable e indefensa al encontrarme de cara a cara con mi alma, e incluso diría que me avergoncé. ¡Cómo no hacerlo, tanto me había separado de ella! Rompí la hoja en mil pedazos con cierto dolor y cobardía ante la posibilidad de obedecer a mi interior.

Hoy recuerdo aquel primer momento… Viendo como única imagen la luz reflejada en la pared.

Libertad… ¿es poder ir a todas partes? ¿O estar en cualquier lugar en una inusitada paz interior?

Seguramente fue ese el momento en que decidí que algún día saldría de los confines de lo vivido para conocer la verdadera Vida. Sin embargo, tuvieron que pasar muchos acontecimientos: tuve que buscar la felicidad donde era imposible encontrarla. Tuve que vivir grandes pérdidas. Tuve que correr en busca de aquello que siempre había sido en esencia. Y, sobre todo, tuve que frenar para empezar a vislumbrar la luz que solo podía brillar en plenitud al desprenderse de aquello que la limitaba.

Dentro de la metáfora de todas estas palabras, ¿qué es, yendo al grano, aquello que nos limita? El miedo. ¿En qué podría traducirse? En la búsqueda compulsiva de seguridad, de prestigio, de posesiones, de un espacio al que pertenecer. En forma de un nuevo ascenso, un nuevo logro, un nuevo contacto, un nuevo elogio. En el ansia de aprobación, de pertenecer, de cumplir con las expectativas de los demás o con nuestras propias ideas de éxito. En el anhelo de comodidad, de un espacio en que estar tranquilo alejado del mundo, ajenos al resto. Se traduce en identificación con cosas del mundo: con nuestra comunidad, nuestro equipo de fútbol, nuestra religión, nuestra empresa e incluso de nuestra familia… Y, como consecuencia, agresión, rabia, frustración cuando sentimos que cualquiera de ellos se ve atacado, se tambalea (¡bien podría nuestra mente estar inventando ese ataque!). Adicciones, dependencias, celos, estrés, depresión, incapacidad de desprendernos de personas u objetos, dificultad para aceptar lo que es… Todo ello se resume en lo mismo y es repetitivo.

Cualquier identificación con cosas de este mundo es una limitación ante la totalidad. 

Si nos desprendiéramos de los confines de nuestra mente descubriríamos que nuestra luz es, sencillamente, ilimitada.

La única esclavitud es la de la mente. La verdadera libertad nace de dentro.

2 pensamientos sobre “Vivir sin límites”

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