Siempre era de día

En mi habitación siempre era de día. Las nubes nunca tapaban la luz del sol; y la luna irradiaba un brillo deslumbrante.

Siempre era de día. En mi interior, siempre era de día. La vida era fácil. La vida fue fácil. La vida emitía una luz propia que iba mostrando el
camino. ¿Y si me equivoco? Pensaba. Bien, era esa misma equivocación la que indicaba más y más cuál era la verdad; pues, para ser realistas, llamamos equivocación a aquello que no coincide con nuestras expectativas. ¿Y quién  nace bajo la convicción de que vivirá eternamente iluminad@ por la luz de los astros? ¿Es la eternidad una equivocación?

Siempre había una luz deslumbrante y siempre era de día. Lo supiera o no, siempre sabía lo que sería. Lo quisiera o no, siempre sería lo que debía; pero en una habitación en la que siempre es de día es complicado tropezarse con los muebles. Y la vida fue fácil porque, además, los escasos muebles siempre ocuparon el lugar adecuado; y nunca confundí mueble con la propia habitación. La vida fue bella solo porque pudo ser vida. La vida fue vida. La vida fue Vida. ¡Y qué vida! Una vida dichosa, una vida por todos, una vida de amor. Fue una vida con sentido. Una vida con silencios.

El regalo más perfecto es el que llega sin esperarse; y solo así, viviendo en el 1+1, pudo llegar el amor. Cuando te están preparando una gran fiesta sorpresa y te enteras, deja de ser grande y deja de ser sorpresa. ¡Cuánto menos será si suplicas por esa sorpresa!

Una habitación siempre iluminada nunca puede perderse en la oscuridad, pase lo que pase. Esa luz, esa fuerza, esa garra sigue ahí mostrando todos los laberintos. La belleza de la luz natural, la verdadera, es que nunca se funde; puede moverse, pero no fundirse. Ahí radica la belleza de toda verdad: nunca puede morir.

Siempre era de día, siempre.

Y así, el sol calentaba mi rostro y la luna me bañaba de plata con toda la claridad de un destello.

Murió, se marchó, y siguió siendo de día.

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