De esclavos a siervos

Hay una pesadez en el cielo que indica que la tormenta está en camino. Los árboles cantan imitando el sonido de las cascadas. Las ramas bailan al ritmo de un viento invisible. No vemos qué las mueve, pero se mueven. El viento empieza a agitar puertas, cortinas.

De pronto, rompe una tormenta tan intensa como inevitable. ¡Corre, que te mojas! Me grita alguien de fondo.

¿Cómo huir de agua caída del cielo? ¿Cómo escapar de esa tormenta que llega como un regalo, por mucho que moje, agite, despeine y te deje tan desorientad@ que solo le quede a uno la humildad de quien se ve indefenso? La tormenta llega con fuerza y pone a prueba cómo de firmes son las raíces que te amarran al suelo. De vez en cuando, un rayo parece esclarecer un poco las cosas; pero el agua no cesa. Llueve con violencia, sopla el viento y resulta impactante ver con qué rapidez se ha roto la calma que antes reinaba.

¿Debería suponer eso un problema? ¿Acaso la tormenta no nos recuerda cuán vivo está el cielo? ¿Acaso no nos invita a ser ese árbol flexible que se adapta moviéndose al compás del viento?

Es pura belleza sentir el agua humedecer la piel después de tanto tiempo de sequía; esa agua y ese viento que te hacen sentir. Ese viento que acaricia sin que podamos tocarlo; que airea nuestras ropas sin que podamos verlo. Ese aire fresco y puro que carga nuestros pulmones de una vida tan eterna como deseemos vivirla.

Ay, si supiéramos cuán diferentes son las direcciones en que sopla el viento. Ay, si supiéramos elegir, si diéramos preferencia a una respiración profunda de aire fresco antepuesta a la respiración superficial del pensar. Ay, si conociéramos el valor de cada bocanada de aire e hiciéramos de ella una danza en agradecimiento por la vida: esta vida tan poco nuestra, esta vida que hacemos tan nuestra. Esta vida que se vuelve perfección cuando decides que no sea más tuya. Esta vida que se torna pura belleza cuando decides perderla. Y tal vez sea eso el vivir: saber que no tenemos nada, que vivimos de prestado y que todo es un regalo. ¡Así adquiere todo valor!

En una ocasión me preguntaron que cuál sería mi vida ideal. La única verdad es que para vivir en plenitud es necesario habitar cada instante conscientes de su valor. Es recordar que todo momento es un regalo, el regalo que necesitamos. Es darnos cuenta de que no, ¡no sabemos lo que más nos conviene! Así podremos aceptar el fluir de la vida tal y como viene. Además, no solo lo aceptaremos, sino que apreciaremos y daremos las gracias por esta vida y lo grandiosa que es, lo impresionante e increíble que es ese vaivén que nos conduce a la zona de mayor desarrollo cuando nosotros ni siquiera podemos o queremos verlo.

Las decisiones dejan de ser producto del miedo y pasan a nacer de una libertad absoluta: la libertad de quien decide ser siervo por voluntad propia. De pronto, ligereza, libertad, belleza, pureza. El cielo se despeja y emerge una calma que no es de este mundo.

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