La fiesta de la vida

Estaba en un lugar que se sentía como mi casa, aunque no recordaba a ningún sitio donde haya vivido. Tenía muchas habitaciones de varios colores intensos, aunque prácticamente no había muebles. Había muchas caras conocidas, con gestos de complicidad entre ellas y con un brillo en los ojos que denotaba júbilo, belleza, dicha. Yo, sin saber. No sabía lo que estaba sucediendo, pero me sentía cómoda. Percibía felicidad en sus ojos, los cuales advertían que se acercaban motivos de celebración. Sobraban las palabras. Solo había sonrisas, nada más.

Entre ellos me iban llevando de una sala a otra de la casa. Como si yo fuera un relevo, me iban dejando en manos los unos de los otros. Iba avanzando de un lugar a otro; subía escaleras en algunos casos. Todos estaban felices, sonrientes.

En una de las habitaciones me vistieron con artilugios de fiesta que podrían recordar al fin de año. ¡Me estaban preparando para la gran celebración! Subimos al piso más alto y ya nos aproximábamos a la última sala, donde se esperaba que sucediera lo que tuviera que suceder. No obstante, la escena final no era parte del sueño. Solo sabía (sin palabras, sin mensajes; simplemente, lo sabía) que en esa sala iba a suceder algo maravilloso.

No sé. No sé qué tenía que suceder en esa última sala. No sé cuál era ese motivo de alegría. Tal vez sea lo de menos.

Solo sé que fue un sueño dulce y que tal vez recordaba a la dulzura con la que unas manos amables nos llevan de un lado para otro, sin saber adónde vamos. Tal vez el sueño ayudaba a vislumbrar ese camino a ciegas por el que andamos en cada momento de nuestras vidas. Tal vez ese sueño quiera hacernos ver que aunque no sepamos, estamos en buenas manos. Que aunque desconocemos el camino, siempre vamos avanzando. Que aunque no sepamos adónde vamos, vamos a puerto seguro. Quizás el sueño quería hacernos ver que ese camino es un camino alegre, que la vida es celebración y que no podemos más que lavarnos la cara, vestirnos de fiesta y dejarnos llevar por esas manos amigas que conocen nuestro destino, sabiendo que ese destino y que el desenlace de la historia es motivo de felicidad.

Vivir es motivo de felicidad.

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