Suenan las campanas (Un texto sin final)

Unos días después de llegar a España, abrí el bloc de escritura para ver qué era lo último que había redactado antes de marcharme de Taizé; pura curiosidad. Lo que más me sorprendió fue encontrar este texto… ¡inacabado! Lo empecé a escribir antes de la oración de la noche previa a mi partida. Empezó la oración y cerré el bloc con intención de seguir escribiendo después… lo cual nunca sucedió 🙂

Como una despedida que se niega a ser despedida, este texto no tiene un fin. Como muchos encuentros que se interrumpieron antes de poder decir adiós, este texto no tiene un fin. ¿Casualidades del destino? Tal vez la vida quiera dejar las puertas abiertas.

¡Disfrutadlo!

Mañana a estas horas (20 h) ya no estaré aquí.

No habré ido a Courrier por la mañana ni habré ocupado mi lugar habitual en la oración del mediodía. No habré visto los rayos del sol entrar por la vidriera ni habré escuchado la lluvia caer en silencio, sentada sobre el banco. No habré comido en el que ha sido mi hogar durante un año ni habré tomado un té mientras digería vida.

Mañana a estas horas no habré paseado por la colina, ni por el valle, ni por el bosque; y tampoco habré recorrido las aldeas circundantes.

Uno de los regalos del bosque 🙂

Mañana a estas horas no estaré sentada aquí, a la derecha de los arbustos, contemplando el vaivén de las velas o sumida en un silencio de escucha y amor. No estaré aquí, donde siempre, y ni siquiera habrá un hueco porque otros habrán ocupado el espacio. Somos tan esenciales como prescindibles.

Y la vida me lleva a ser esencial a otra parte, con otras personas tan esenciales como yo en aquello que vayamos a vivir juntas. La vida me conduce a un nuevo comienzo; y así vamos, comienzo tras comienzo, caminando un día más conscientes del milagro y la fortuna de seguir caminando. Conscientes del valor que tiene dar ese nuevo paso.

Me iré besando cada pedacito de tierra cuyo olor ha despertado vida en los días de lluvia. Besaré esa tierra que me ha dado un lugar sobre el que caminar, esa tierra que me ha sostenido y me ha amarrado para que nunca olvide que estoy aquí, en la Tierra. Esa tierra que, con toda su belleza, se ha convertido en paraíso.

Son más de 13 horas de viaje en trenes. ¿Mucho? No, no. Cada una de esas horas me irá permitiendo asimilar los 13 meses (y 6 días) que he pasado en Taizé. Trece horas que me conducirán, despacio, al nuevo espacio adecuado.

Cerramos poco a poco ciclo para volver a abrir uno nuevo: el más misterioso y desconocido, el más conocido en su esencia. La vida es una paradoja.

Corazón lleno y manos vacías.

Una confianza que […]

[Y se detuvieron las campanas que indicaban el comienzo de la oración ;-)]

¿Has visto este vídeo? En él hablo sobre la experiencia de vivir un año en Taizé, un monasterio en una aldeíta de Francia.

 

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