La vida de la que hablan las flores

Podría haber optado por no escribir estas palabras; pero el simple hecho de que se estén escribiendo, de que tú las leas, implica un sinfín de decisiones. Implica que quiero que esta alegría sea también tuya y no solo mía. Implica que quiero que vivas en la certeza de que hay otro lado de la vida; hay otra vida que, por lo menos hasta el día de hoy, tal vez no sea la que más ha llegado a nuestros ojos y oídos.

Estas palabras, que no dicen nada, quieren hacerte llegar la certeza de que, aunque no lo tengas tan claro, la vida es amable. Los enemigos son los mayores aliados y las desgracias son el mayor de los regalos. Las enfermedades nos hablan a gritos de amor; y los desahucios nos muestran el camino a casa.

Hay una palabra que te llena el alma sin ocupar ningún espacio y sin ser escuchada. Escúchala. Escúchala y deja que te explique todo aquello que siempre has rechazado. Te hablará de forma sigilosa, mientras duermes; ¡pero no quieres perdértela! Atrévete a abrir los ojos en la mayor oscuridad y deja que, poco a poco, se acostumbren a ella. Poco a poco aprenderás a esquivar mesas y sillones y a danzar por el salón con garbo. En la oscuridad y apenas despertando, esa palabra te hablará de cuánto sentido tenía el sinsentido. Esa palabra dará luz a las horas de sueño y allanará el camino. Pondrá cintas fluorescentes a los obstáculos para impedir que tropieces con ellos y marcará el camino con flores para que sea su perfume el que guíe tus pasos.

Nacen estas palabras con el único fin de morir cuando tú las hayas leído; y sigues ahí. Sigues ahí por saber en tu corazón que la vida es hermosa. Sigues ahí y nos unimos en una entrega mutua que nos permite recordar y nos permite ser a cada uno lo que el otro necesita. Somos la misma moneda dando vueltas y mostrando cada vez una cara. Yo escribo y tú lees. Tú lees para ayudarme a recordar mientras escribo. Yo escribo para ayudarte a recordar mientras lees. Y así nace y muere la circunferencia perfecta sin muescas que intercedan.

Las luces de neón de la ciudad facilitan aun más la visión. Tal vez sea una belleza más abstracta a la par que sutil; pero cabe la certeza de que, si uno lo desea, estas luces pueden ayudar a que vivamos en la alerta perfecta, sin nube que pase desapercibida. Surgen nubes, pero con ojos tan abiertos pasan inevitablemente de largo. El cielo sigue hablando de lo eterno y los árboles de la ciudad están enmacetados y reprimidos como sus ciudadanos, pero siguen siendo árboles de una naturaleza perfecta. Tal vez ese encarcelamiento sea tan obvio que resulta fácil de ver y, por ello, de acabar con él.

Una vez más, tal vez la cárcel nos hable de libertad. Tal vez baste con andar ligeros para que el mundo se una a caminar en la ligereza.

Más que nunca agradecid@s por seguir viendo la belleza divina ahí donde el hombre ha usado tanto sus manos.

Agradecida porque estás tú ahí, libre, dispuest@ a vivir la vida de la que hablan las flores.

¿Seguimos caminando junt@s? En Instagram comparto imágenes del día a día que, sin quererlo, van contando la historia del bello vivir. También podemos conectar en Facebook y en Youtube. Nos vemos por las redes 🙂

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