Un tal 12 de diciembre

Tal vez estaría bien entrar a los 30 con palabras más gloriosas, pero la realidad es que en mí, todo sigue igual. El número que me define ha cambiado, pero mi interior es el mismo constante, amable y dulce con mis días de júbilo y con los momentos de pataleta. El número aumenta y cada vez me siento más cerca de la espontaneidad y la alegría de esa adolescente que con 15 años pasaba por primera vez un mes fuera de casa. Cada vez más ligera. Cada vez más libre.

Esta mañana, aún en pijama, de celebración espontánea tras soplar las velas 🙂

Aumentan los años y disminuyen los prejuicios y los miedos, las luchas y los sufrimientos. Aumentan los años y aumenta el amor. Aumentan los años y solo puedo amar esas primeras líneas que me recuerdan cuánto he sonreído, que me recuerdan que mis ojos han visto belleza.

Treinta años que me enseñan a desprenderme del pasado más que a acumularlo para que los pasos de plomo se conviertan en el salto libre de una gacela.

Treinta años que no son nada comparados con el rostro arrugado de mi abuela, quien recuerda con alegría a cuánta gente ha alimentado. Ojalá, ojalá que algún día llegue a su edad y pueda decir lo mismo. Ojalá algún día mire mis manos y recuerde a cuántas almas han dado de comer ese pan de vida eterna que nos sacia con un pequeño bocado. Manos que podemos utilizar para alimentar el apetito del yo o el apetito de todos.

Cada segundo es una bendición. Si algo me han enseñado estos primeros 30 años de mi vida es a saber menos y a confiar más. Así que sigamos así, caminando en nuestro eterno caminar sumidos en un no saber de eterna confianza, un no saber que no duda, una ignorancia en la que radica la mayor fuerza posible.

GRACIAS por mostrarme estas manos y recordarme en un susurro cada mañana cuánto les queda por dar. GRACIAS por repetirme una y otra vez que si recibo algo, es para compartirlo.

Feliz de seguir cumpliendo años consciente de la fortuna de cada uno de ellos.

Davinia

(30, aunque bien podría tener 20 o 40)

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