Viendo en la oscuridad

Volvía de dar un paseo por la colina.

Los días son cortos conforme se avecina el invierno y, con el mínimo descuido, uno se encuentra paseando en la oscuridad. Pasear en la oscuridad. Sentirse cómodo en la oscuridad. Disfrutar en la oscuridad.

Los ojos se acomodan en la incertidumbre y el camino de tierra se vuelve un camino interior. Desaparecen los estímulos, los bellos paisajes y el vuelo de una cigüeña. La única belleza que queda por observar es la del alma: una belleza mucho mayor que toda la que puedan percibir nuestros ojos.

Parecía una vida desde la última vez que los ojos habían descansado. La distancia entre los valles se hizo proporcional a la que separa al sol y la tierra. Espacio. Amplitud. Ese caminar en la oscuridad parece darte mucha más visión que hacerlo a plena luz del día. Caminar en la oscuridad te recuerda a la propia vida: la verdad es que no sabemos, no sabemos, no sabemos. No sabemos qué es lo siguiente con lo que podríamos tropezar ni la próxima rosa que podría pasar desapercibida. Y aun así, aprendes a ver en esa oscuridad. Aprendes a confiar en que llegarás a tu destino dejándote llevar por una fuerza irrefrenable. Te dejas embriagar por un ámbar dulce que te permite ver la luna llena en la noche más oscura.

¿Y qué más da si no sabemos? ¿Quién dijo que fuera necesario? Tal vez el único requisito sea solo no poner diques al mar. Tal vez lo único indispensable sea permitir el baile de la marea y el fluir del río. Tal vez, y solo tal vez, bastaría con seguir caminando sin dejarnos achicar por la oscuridad de un olvido tan casual. Ese olvido que nos permite vivir más ligeros, desprovistos de iones de años y de un destino brillante que nos deslumbraría en nuestro caminar. Tal vez la luz de saberlo todo nos cegaría por completo, mientras que caminando de noche siempre nos quedará la luz amable de las estrellas.

Hermosa esa luz que nos ilumina con delicadeza y ternura, con una cordura que embriaga y una locura que espabila. Quizás el mundo esté tan loco que la mayor locura sea estar cuerdo.

Caminemos juntos. Caminemos entre risas de complicidad que nos hablan de cuán sencillo es lo más bello; y qué bello es el mirar que ve el alma. El mirar que ve el alma con ojos humanos y pureza divina, pureza que perdona, pureza que libera, pureza que no escatima. Bendito el mirar que sabe ver las cosas como son incluso en la oscuridad de la ladera.

¿Seguimos caminando junt@s? En Instagram comparto imágenes del día a día que, sin quererlo, van contando la historia del bello vivir. También podemos conectar en Facebook y en Youtube. Nos vemos por las redes 🙂

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