Día 02 – Apocalipsis y San Lucas

Este texto forma parte de una serie de textos escritos durante una semana en silencio en agosto de 2017. En el primer día de silencio no escribí y por ello empiezan por el día 02. Al encontrarme en un monasterio cristiano ecuménico, la hermana que guiaba el retiro nos sugería varios textos de la Biblia que leeríamos durante el día a nuestra voluntad. Yo optaba por leer uno de los pasajes, meditar en silencio sin pensar en él y luego escribir lo que naciera sin que necesariamente existiera una relación con el pasaje. Los textos de esta serie fueron escritos después de esas meditaciones con pasaje bíblico. El pasaje correspondiente aparece al principio de cada texto.

 

[Primera meditación]

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. (Apocalipsis 3:20)

Se abren las puertas de ese lugar en que no existen el tiempo y el espacio y cada vez hay menos límites. Cada vez es mayor la comunión con aquello que siempre ha existido y que nos recuerda que todo está en su lugar.

«Nuestro lugar está en una mansión con muchos cuartos, respondiendo a gritos de auxilio tan ajenos como propios».

La vida debe tomar un nuevo camino; pero, ¿quién soy yo para interferir? Caminamos, caminemos juntos. Cuanto mayor es la paz, menor es la autoridad. Te dejas guiar por una dulzura que viene de arriba y que hace todo cada vez más sencillo. Todo es sencillo en sus manos, desaparece el conflicto. Ojalá dispusiera de las palabras para explicar la sensación de totalidad que inunda mi ser.

Ya no existe el miedo.

Tal vez asuste a muchos la idea de una vida en la incertidumbre, con fronteras tan poco palpables. Sin planes, sin objetivos, vulnerables y en un continuo caminar en el que lo único que importa es la compañía. Lo único que importa es la compañía: quién guía tus pasos y, también, que esos pasos sean tomados al lado de otros, conscientes de que Dios nos quiere unidos y caminando juntos.

Lejos quedan los sueños de solitud en una cabaña perdida.

Nuestro lugar está en una mansión con muchos cuartos, respondiendo a gritos de auxilio tan ajenos como propios. Tal vez baste con nuestra presencia. Nuestra presencia, que puede llevar a otros de la culpa y el dolor a la libertad de quien se siente querido.

Ya no existe el miedo.

Solo hay lugar para un amor sin límites que va mucho más allá de mi propia capacidad de amar.

 

[Segunda meditación]

Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada. (Lucas 10:38-42)

Tengo algunos recuerdos de cuando empecé a escribir. En el momento más inesperado, sentía un golpe de inspiración y me ponía a escribir. Tenía que escribir rápido. Las palabras caían como copos de nieve y no había quien las frenara. Tenía que escribir rápido para que no quedaran espacios en los que pudiera interferir el pensamiento.

Todo ha cambiado. Siguen viniendo momentos inesperados de inspiración y, como siempre, no dudo en escribir siempre fiel a mi compromiso. No obstante, es un escribir más sosegado y eso se comprueba viendo solo la caligrafía. Ya no hace falta perderse en un hacer compulsivo para que la mente no interfiera. Además, puedo elegir entrar en ese silencio que transfiere magia al bolígrafo.

Podemos ser en la acción, mantenernos en ese hilo que nos une al cielo desde la paz y la tranquilidad de quien sabe que no hay nada que perder. Crear deja de ser un acto compulsivo (¡qué lejos queda de serlo!) y es un fluir armonioso, amable, sencillo, bello. Crear es pura belleza.

Esa acción compulsiva parece estar en la naturaleza humana. Tal vez sea ese sentimiento injustificado de insuficiencia el que nos hace creer que nada basta, que tenemos que hacer y perdernos en la acción para ser alguien, para hacer lo correcto.

Y no podemos negar que el hacer es parte de nuestra naturaleza; pero tal vez lo idóneo sea otro tipo de hacer en oración, en una atención que percibe lo divino en cada gesto. Aun sumidos en la oración en la acción, no podemos decir no a ese momento de escucha plena, ese momento de renuncia a ese yo tan humano para sentarnos a los pies de quien trasciende toda humanidad.

¿Seguimos caminando junt@s? En Instagram comparto imágenes del día a día que, sin quererlo, van contando la historia del bello vivir. También podemos conectar en Facebook y en Youtube. Nos vemos por las redes 🙂

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