Día 05 [I] – Una vida centrada en el amor

Este texto forma parte de una serie de textos escritos durante una semana en silencio en agosto de 2017. En el primer día de silencio no escribí y por ello empiezan por el día 02. Al encontrarme en un monasterio cristiano ecuménico, la hermana que guiaba el retiro nos sugería varios textos de la Biblia que leeríamos durante el día a nuestra voluntad. Yo optaba por leer uno de los pasajes, meditar en silencio sin pensar en él y luego escribir lo que naciera sin que necesariamente existiera una relación con el pasaje. Los textos de esta serie fueron escritos después de esas meditaciones con pasaje bíblico. El pasaje correspondiente aparece al principio de cada texto.

 

[Primera meditación]

(Parábola del hijo perdido) Un hombre tenía dos hijos —continuó Jesús—. El menor de ellos le dijo a su padre: “Papá, dame lo que me toca de la herencia”. Así que el padre repartió sus bienes entre los dos. Poco después el hijo menor juntó todo lo que tenía y se fue a un país lejano; allí vivió desenfrenadamente y derrochó su herencia. Cuando ya lo había gastado todo, sobrevino una gran escasez en la región, y él comenzó a pasar necesidad.

 […] Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio y se compadeció de él; salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo besó. El joven le dijo: “Papá, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco que se me llame tu hijo”. Pero el padre ordenó a sus siervos: “¡Pronto! Traigan la mejor ropa para vestirlo. Pónganle también un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero más gordo y mátenlo para celebrar un banquete. Porque este hijo mío estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado”. Así que empezaron a hacer fiesta. Mientras tanto, el hijo mayor estaba en el campo. […] Indignado, el hermano mayor se negó a entrar. Así que su padre salió a suplicarle que lo hiciera. Pero él le contestó: “¡[…] ahora llega ese hijo tuyo, que ha despilfarrado tu fortuna con prostitutas, y tú mandas matar en su honor el ternero más gordo!” “Hijo mío —le dijo su padre—, tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo.

Volver a casa es siempre una decisión consciente. La divinidad siempre está ahí, esperándonos, pero nadie puede tomar la decisión por nosotr@s. Tenemos que desear vivir en una paz profunda. Tenemos que anhelarlo. Tenemos que atrevernos a reconocer que ha habido siempre algo que nos faltaba en las idas y venidas del mundo. Puede que hubiera una satisfacción temporal. Puede que hubiera momentos (tal vez muchos) en que creíamos ser felices, si bien desconocíamos el verdadero significado de la felicidad.

Pero llega un momento en que las alegrías del mundo no bastan. Tal vez la parte más complicada sea reconocer ante nuestro reflejo que, tal vez, las decisiones tomadas hasta el momento no han traído lo que en realidad buscabas con todo tu ser. Te pasaste los años deseando cosas, acontecimientos, encuentros… ¡y no te han llenado tanto como deseabas! ¡La satisfacción nunca parece ser definitiva!

Ese momento requiere tragar saliva antes de hablar bien alto. Requiere tragarse el orgullo, dar un paso adelante y reconocerse a uno mismo indefenso, ignorante de aquello que de verdad te puede hacer feliz. Y es que aquello que puede hacernos felices carece de forma.

Solo tenemos que admitirlo, solo tenemos que desear con toda nuestra alma esa paz que alcanza todo lo que toca. El resto, viene solo y como por arte de magia. No se puede describir el cómo porque nuestra mente no alcanza a definir un proceso. No se puede describir el porqué porque va mucho más allá de la razón humana. Solo podemos decir que es así, que con pedirlo y confiar, basta. Que vivir en esa paz y esa alegría satisfecha es nuestro derecho de nacimiento.

Como por arte de magia, he conocido personitas que pasaban de ser una bola de metal pesado a deslumbrar como un haz de luz. Personitas con las que, en un momento de conversación sincera, hablaban sobre la vida. Hablábamos de una vida diferente, con perspectiva, implicados pero no involucrados. Una vida centrada en el amor, siempre cargado de comprensión. Una vida en la que ayudarnos los unos a los otros en una circunferencia perfecta. Una vida sencilla, bella, humilde. Una vida en paz y alegría. Se han dado casos en que la persona frente a mí decía: Yo quiero vivir así, en esa paz. Y algo dentro de mí saltaba de júbilo por saber el poder que albergan esas palabras. ¡Lo has dicho! ¡Te has dado cuenta! ¡Te has atrevido! Y llegaron consecuencias, llegó un giro en el resplandor de sus rostros. Llegó el brillo a sus ojos y la paz a la expresión de sus rostros. Con el tiempo, nos veíamos de alma a alma. Llegó un amor inusitado, imparable, cargado de fuerza y de buenas intenciones.

Ese deseo de paz, ese deseo de júbilo se verá satisfecho tan pronto como grande sea la fe en él. Siempre se cumple porque no podría ser de otra manera. Nada puede ir en contra de lo que verdaderamente somos.

Atrévete a desear aquello que eres.

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