Día 05 [II] – Día sin fin

Este texto forma parte de una serie de textos escritos durante una semana en silencio en agosto de 2017. En el primer día de silencio no escribí y por ello empiezan por el día 02. Al encontrarme en un monasterio cristiano ecuménico, la hermana que guiaba el retiro nos sugería varios textos de la Biblia que leeríamos durante el día a nuestra voluntad. Yo optaba por leer uno de los pasajes, meditar en silencio sin pensar en él y luego escribir lo que naciera sin que necesariamente existiera una relación con el pasaje. Los textos de esta serie fueron escritos después de esas meditaciones con pasaje bíblico. El pasaje correspondiente aparece al principio de cada texto.

 

[Segunda meditación]
Cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» Y echaron suertes, repartiéndose entre sí sus vestidos. Y el pueblo estaba allí mirando; y aun los gobernantes se mofaban de Él, diciendo: «A otros salvó; que se salve a sí mismo si este es el Cristo de Dios, su Escogido.» Los soldados también se burlaban de Él, acercándose y ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo.»

Había también una inscripción sobre Él, que decía: «ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS». Y uno de los malhechores que estaban colgados allí le lanzaba insultos, diciendo: «¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!» Pero el otro le contestó, y reprendiéndole, dijo: «¿Ni siquiera temes tú a Dios a pesar de que estás bajo la misma condena? Y nosotros a la verdad, justamente, porque recibimos lo que merecemos por nuestros hechos; pero éste nada malo ha hecho.» Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.» Entonces Él le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.» Era ya como la hora sexta, cuando descendieron tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena al eclipsarse el sol. El velo del templo se rasgó en dos. Y Jesús, clamando a gran voz, dijo: «Padre, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU.» Y habiendo dicho esto, expiró. Cuando el centurión vio lo que había sucedido, glorificaba a Dios, diciendo: «Ciertamente, este hombre era inocente.» Y todas las multitudes que se habían reunido para presenciar este espectáculo, al observar lo que había acontecido se volvieron golpeándose el pecho. Pero todos sus conocidos y las mujeres que le habían acompañado desde Galilea, estaban a cierta distancia viendo estas cosas. (Lucas 23:33-49)

 

¿Acaso no es al morir que podemos volver a nacer? Morir ante nuestro pasado, ante lo que no somos, ante todo aquello que no rezuma verdad. Morir ante nuestras etiquetas, miedos y apegos. Morir ante relaciones creadas por egoísmo. Morir ante todo aquello que no es verdad.

El hijo pródigo optó por morir ante aquella vida que había elegido y le había llevado a la ruina en todos los niveles. Es una muerte interior. La muerte de un yo creado desde la ignorancia. Solo así pudo tomar el camino de vuelta a casa.

Es el morir para optar por la vida. Es la muerte de lo que no es. Es la muerte de lo opuesto a la vida verdadera, al amor verdadero. Es la muerte de lo opuesto al Ser. Es cortar esas cadenas que nos atan de pies y manos sin que ni siquiera seamos conscientes de ello. Es un sí a la vida. Un sí a la libertad, a cumplir con nuestra voluntad más profunda que poco tiene que ver con los caprichos del placer instantáneo ni las huidas del miedo.

Es una muerte que es motivo de liberación porque te lleva allá a donde nunca has estado tan vivo, donde nunca has tenido tanto, donde nunca has necesitado tan poco.

Es el amanecer de un nuevo día que no tiene fin.

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