Voluntad inquebrantable

Sacudía la manta en el aire y la veía caer sobre la cama ondeando con dulzura. Grácil, como a cámara lenta. Observaba la escena consciente de que en pocos minutos me tumbaría en la cama y caería dormida para satisfacer una de las necesidades de este cuerpo. Consciente de que en otro mundo no haría falta.

Y el mundo es cada vez más uno. La familia aumenta y aumenta. Hermanos y hermanas, primos y tíos; un vínculo que palabras tan banales nunca podrían describir. Tal vez lo mejor que podríamos hacer sería callar. Cuanto más hablo, cuanto más escribo, cuanto más traduzco o interpreto… más me doy cuenta de lo poco que dicen las palabras.

Hasta ahora, has estado viendo lo que querías ver. Has estado escuchando de acuerdo con ideas previas y la vida se ha ido formulando según el prisma de tus pensamientos. Hasta ahora, ha habido un espacio entre pensamientos y acciones. Ha habido un lapso entre el ver y el procesar, ha habido un juicio de lo escuchado. Hasta ahora, no eras tú quien veía, quien tocaba, quien escuchaba. Pero todo ello acaba: acaba en el momento en que decides vaciarte para permitir que te llene ese amor absoluto. Ya no quieres que miren los ojos del ayer, ni que escuchen los oídos del mañana. Todo pesa y todo sobra; y te bastas en ese vacío del mar lleno de corales. Un mar claro que permite que los rayos del sol reflejen en él para dar luz a lo más bello de sus profundidades.

Tú no necesitas nada. Tan sencill@ y tan perfect@, tan rotund@ y tan amable. Tú no necesitas nada porque ya no velas por ti, porque tu vida ya no es tuya. Ya no necesitas nada porque el pozo del agua que sacia tu sed no tiene límites.

Late el corazón, late con vida en su humilde devenir. Latidos contados en un cálculo perfecto: tantos cuantos necesitas. Latidos que te enseñan a vivir con cada uno de sus movimientos; latidos que buscan expandirse para dar, contraerse para recuperar. Hay un equilibrio perfecto en el movimiento. Tal vez escucharte sea posible en el equilibrio entre el silencio de tu voz y el mirar de quien desconoce tu mirada.

Tan humanos, tan perfectamente imperfectos. Danos fuerza y coraje para pasar del capricho aleatorio a la voluntad inquebrantable. Danos oídos para hablar y boca para escuchar. Nunca podrías no darnos tu amor. Que se haga tu voluntad que, lo sepamos o no, es también la nuestra.

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