Un caos perfecto

Sí, este es el atardecer del que habla el texto 🙂

El atardecer inundaba el silencio. ¿Quién no se queda boquiabierto ante la grandeza de la paleta de colores? Uno pensaría que cualquier sonido perturbaría tal belleza; pero suave, como gotitas que se filtran entre grietas, empezó a sonar una guitarra y una voz bañada de humildad y dulzura cantando, con la delicadeza de quien siente molestar, Love is all around (I feel it in my fingers, I feel it in my toes…). No sé el nombre de quien tocaba, apenas recuerdo que tenía el pelo oscuro… Pero supo poner la banda sonora más bella a un momento repleto de amor: el amor más puro, el amor que emerge de nuestro interior cuando nos volvemos uno con el entorno.

Y así, tal y como somos, aun si solo nos creyéramos personitas que pululan por el mundo, nos llegan regalos de la nada con la magnitud de lo eterno. La escena fue una obra de arte en sí misma (GRACIAS, VIDA). Fue un regalo tan hermoso que me preguntaba si había acto en esta vida que pudiera merecer tal recompensa. Hermoso regalo que no esperaba nada a cambio… Regalo que solo podemos percibir con el corazón abierto.

Tal gratitud y sensación de no merecer tantísimo cuanto recibía me hizo pensar en la introducción bíblica en la que había participado poco antes. El hermano hablaba sobre la historia de Jesús y Zaqueo (Lucas, 19:1-10). Zaqueo, hombre posiblemente de mala fama, se sube a un árbol para ver a Jesús entre la multitud, pues le resultaba difícil dada su baja estatura. Jesús, al verlo, le insta a darse prisa en descender alegando que quiere acompañarlo a su casa. Zaqueo, abrumado por tal honor, responde diciendo que dará la mitad de sus bienes a los pobres. Observando el texto con cierta perspectiva, vemos cómo Jesús decide «entrar en la casa» de alguien que parece no merecerlo. Al recibir al Señor, Zaqueo no puede más que entregar todo aquello que tiene, pues tal es esa grandeza que no hace falta nada más.

En la introducción bíblica de la que hablaba, el hermano mencionaba cómo Jesús decía que aceptaba a Zaqueo así, tal cual era, en su desastre de vida. I take you with your mess, decía. ¿Se puede decir algo más bonito? Te acepto así, en tu desastre. ¿Hay algo más bonito que aceptar incondicionalmente a quien tenemos delante? Esa frase tan sencilla apela a un amor que no entiende de imperfecciones, un amor que acepta con nuestras idas y venidas, cuando tomamos el camino directo y cuando nos perdemos en un laberinto ficticio. Un amor que nosotros podemos decidir entregar incluso a sabiendas de que quien tenemos delante tampoco es perfecto; y que, a su vez, es perfección imperecedera. ¿Podemos amar así?

Te acepto en tu desastre, en tus dudas, en tus temores. Te acepto y te amo tal cual. Un amor que nos arropa, por mucho que sintamos que cometemos mil y un errores, que sepamos que podríamos haber actuado de forma mejor. Nos abraza por mucho que no nos atrevamos a hacer lo que creemos que deberíamos o ni sepamos qué es eso que deberíamos.

Es ahora. Ahora es el momento de la entrega.

Ahora, que tienes la cabeza hecha un lío y no sabes ni qué quieres ni qué dejas de querer.

Ahora, que no sabes qué camino tomar. Ahora, que ni siquiera puedes descifrar el camino por estar este oculto entre hojas y lianas.

Ahora. No cuando estés bien. No cuando todo parezca más estable, cuando te ocultes en una estabilidad ingente y parezca reinar el orden.

Ahora. Es ahora. Cuando no tenemos un camino trazado, la Vida se permite trazarlo. Solo cuando la vida se nos va de las manos la entregamos a manos divinas.

Ahora que reina el desorden y la inestabilidad, el desconocimiento y, con ello, un sinfín de posibilidades, permítete no saber y que sean los cielos los que vayan delineando la ruta.

Eres maravilloso así, ahora, en ese caos tan perfecto.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.